El suelo es un reactor natural sumamente importante, debido a que las transformaciones que se realizan en él dan productos necesarios para los seres vivos. En este sistema ocurren diversos procesos, entre los que destacan: adsorción, absorción, precipitación, descomposición, mineralización y humificación (Richter, 1987). Los tres últimos procesos convierten al suelo en un gigantesco sistema de tratamiento de residuos orgánicos (RO), en el que algunas de las sustancias provenientes de los restos de animales y plantas se degradan y otras se humifican, es decir, se transforman en humus (ácido húmico y ácido fiílvico, principalmente).

 

 

Esto hace que el suelo funcione como un reactor purificador del ambiente. Por ejemplo, en el tratamiento de los residuos orgánicos mencionados arriba, en la depuración del agua que pasa a través de él y en la transformación de diversos compuestos tóxicos, como los plaguicidas.

Pero no todos los tipos de suelo tienen la misma eficacia, ya que no están sometidos a las mismas condiciones físicas, químicas y biológicas, como ya se dijo, debido al clima, la roca madre, la topografía, la vegetación, la edad de cada uno de ellos y las alteraciones causadas por el hombre.

 

 

 

 

 

A causa de nuestra ignorancia respecto a este importante recurso, le hemos dado un inadecuado manejo, acelerando su deterioro y en muchos casos cubriéndolo con desechos sólidos, roca, grava, cemento y varilla, sin concientizarnos de que es un regalo de la naturaleza que tarda miles de años en formarse y que, como reactor es sumamente eficiente, barato, no contaminante y muy superior a cualquier tecnología humana.

 

Francisco Bautista, Víctor Manuel Luna Pabell y Carmen Durán de Bazua